Redacción ciencia.- En el año 541, el imperio bizantino sufrió una terrible epidemia, Constantinopla, la capital, perdió el 25% de la población y Justiniano, su emperador, estuvo a punto de morir. Fue la ‘plaga de Justiniano’, el primer brote peste bubónica de la historia que se repetiría en los siglos posteriores.

Esta epidemia afectó al mundo mediterráneo en un momento crucial de su desarrollo histórico, cuando Justiniano -quien ordenó construir la basílica de Santa Sofía-, trataba de reconquistar las tierras que los persas habían arrebatado al imperio romano.

Durante décadas los historiadores han discutido sobre el alcance de esta epidemia y, en 2019 y 2020, varios estudios afirmaban que su impacto se había exagerada.

Ahora, un nuevo estudio publicado en la revista Past & Present y liderado por el historiador Peter Sarris, de la Universidad de Cambridge, sugiere que la plaga justiniana podría haber llegado a Inglaterra antes de propagarse por el Mediterráneo, a través de una ruta actualmente desconocida que incluía el Báltico y Escandinavia.

Además, afirma que los “escépticos” se equivocan al subestimar el devastador impacto que tuvo la peste bubónica entre los siglos VI y VIII de nuestra era y denuncia que estos historiadores ignoraron los nuevos hallazgos genéticos y tergiversaron las pruebas aportadas por los relatos antiguos.

Entre otros documentos, Sarris, miembro del Trinity College, recuerda “el estremecedor relato” del historiador Procopio de Cesarea, quien estaba en Constantinopla cuando llegó la enfermedad e, inspirado en los textos de Tucídides y sus textos sobre la peste de Atenas (tifus), describió con todo detalle los síntomas de la enfermedad y los estragos que causaba en la población.

“Sus relatos dejarían una profunda impresión en las siguientes generaciones de lectores bizantinos”, recuerda Sarris.

Para este historiador, hay numerosas pruebas que reflejan el gran impacto que tuvo la crisis sobre el estado justiniano, como el descenso de la promulgación de leyes entre el año 546 -cuando la peste ya se había instalado-, y 565 -final del reinado de Justiniano-, o las numerosas medidas decretadas para hacer frente a la despoblación causada por la peste o limitar el daño infligido por la enfermedad a las instituciones terratenientes.

En marzo de 542, en una ley que Justiniano dijo haber redactado en medio de la “presencia envolvente de la muerte que se había extendido a todas las regiones”, el emperador intentó apuntalar el sector bancario de la economía imperial, recuerda el estudio.

En otra ley de 544, Justiniano trató de imponer controles de precios y salarios, porque los trabajadores intentaban aprovecharse de la escasez de mano de obra. “El castigo enviado por la bondad de Dios debería haber hecho a los trabajadores mejores personas, pero en cambio se han vuelto avaros”, lamentaba Justiniano.

Sarris afirma que la peste bubónica agravó las dificultades fiscales y administrativas del imperio romano de Oriente, lo que se refleja en los cambios en la acuñación de monedas de oro y cobre en este periodo en el que, por primera vez desde su introducción en el siglo IV, las monedas tuvieron que rebajar su peso.

Para Sarris, lo más llamativo de la plaga de Justiniano en el mundo bizantino o romano es “lo racional y cuidadosamente que fue dirigida”, y eso, a pesar de las circunstancias desconcertantes y desconocidas en las que se encontraron las autoridades.

En una segunda parte del estudio, Sarris utiliza información genética de restos óseos de fallecidos por peste bubónica en la Edad Media (siglo XIV) en España, Alemania, Francia e Inglaterra, cuando el nuevo brote fue bautizado como “peste negra”.

Uno de esos estudios, referido al cementerio anglosajón de Edix Hill, en Cambridgeshire, reveló que muchos de los fallecidos habían sucumbido a la enfermedad causada por una cepa de bacteria Yersenia pestis que estaba relacionada con la que provocó la plaga justinina.

Tras analizar antiguos escritos, pruebas arqueológicas e información genética, el estudio de Sarris concluye que la peste bubónica llegó al Mediterráneo desde Egipto en torno al año 541 y que, “posiblemente algo antes” de esa fecha, llegó a Inglaterra.

Ambos focos “pueden haber sido el resultado de dos rutas separadas pero relacionadas, que se produjeron con algún tiempo de diferencia”, afirma.

El estudio sugiere que la peste pudo llegar al Mediterráneo a través del Mar Rojo, y alcanzar Inglaterra quizás a través del Báltico y Escandinavia, y desde allí a partes del continente.

Además, Sarris subraya que, aunque se llame ‘plaga justiniana’, “nunca fue un fenómeno puramente o incluso principalmente romano” y, como han demostrado los recientes descubrimientos genéticos, sino que llegó tanto a lugares remotos y rurales como Edix Hill, como a ciudades muy pobladas.

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