El 20 de noviembre de 1945, la justicia de los hombres sentó en el banquillo de los acusados a una parte importante de las figuras siniestras del nazismo alemán, que tras el suicidio de su líder, Adolfo Hitler, tuvieron que responder por sus atrocidades cometidas en la Segunda Guerra Mundial. A 75 años de iniciados los procesos que llevaron a varios al paredón, y a otros a la cárcel, los procesos seguidos a estos criminales siguen siendo más que un juicio jurídico, un símbolo, un recuerdo para los que detentan el poder y lo usan sin límites y a su antojo, de que un día, algún día estarán sometidos a juicio, ante la justicia, o ante la historia.

Este 75 aniversario es tiempo apropiado para ver documentales y películas relativas a este episodio trágico de nuestra historia. Yo les recomiendo el filme “Los juicios de Núremberg”, aún cuando la cinta tiene mucha carga hollywoodense, y estadounidense. Tras verla, estos son mis comentarios.


Un Hitler con desgañotada voz y una ciudad destruida por las bombas que derrotaron el nazismo sirven de escenario a los preparativos de un juicio que, por controversial y por particular, necesariamente deberá ser uno de los de mayor trascendencia histórica de la civilización.

Unión Soviética, Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, los países vencedores de la guerra contra Adolfo Hitler, tenían en sus manos a los principales miembros de la cúpula dirigente del Tercer Reich. La guerra había concluido, pero el dolor y el rencor estaban intactos.

Núremberg es la ciudad que, por convención de los vencedores, los aliados, es escogida para poner en escena el conjunto de símbolos judiciales que debían convertirse en iconos definitorios del destino final de quienes imponen el terror y la violación a los derechos humanos desde el poder. Ya jamás será recordada por sus tesoros imperiales, ni por sus murallas, ni por la exactitud con que fabricaba precisos instrumentos tecnológicos desde los tiempos primeros del Renacimiento. Ni mucho menos como la emblemática ciudad corazón del Tercer Reich. Su nombre estará asociado a los juicios que se les siguió a los 22 dirigentes y colaboradores nazis, seleccionados de manera meticulosa para no solo hacer justicia, sino para dar escarmiento y sellar, de alguna manera, las heridas profundas y necróticas de la guerra que había dejado más de 50 millones de seres humanos muertos.

La película Los juicios de Núremberg relata interioridades del famoso proceso, por supuesto, contado desde la óptica triunfalista de Hollywood y Estados Unidos, en donde se pretende resaltar el rol protagónico de este país, y caricaturiza el de la Unión Soviética, el país que aportó mayor cantidad de muertos (más de 20 millones), y el ejército que diezmó al nazismo, siendo la pieza clave de la derrota a Hitler.

En el largometraje se muestra la capacidad manipuladora de los jefes nazis, su creencia en que los judíos eran seres inferiores, por lo cual matarlos era algo distinto a un crimen, y por tanto, no había nada de qué arrepentirse. Por otro lado, el discurso era similar en la mayoría de los jefes nazis en el banquillo: obedecían órdenes, no sabían que estaban pasando esas cosas, no firmaron esas órdenes, y si las firmaron fue en el fragor de la guerra, sin haberle puesto atención. Es decir, pretendían escabullir su responsabilidad penal.

Hermann Göring, jefe de la fuerza aérea de la Alemania nazi (Luftwaffe) y miembro del partido nazi prácticamente desde su creación, fue el fundador de la Gestapo que más tarde dirigiría Heinrich Himmler, y mencionado como el sucesor de Hitler, hacía alardes de su liderazgo en el banquillo de los acusados. Su actitud prepotente se pone de manifiesto en la película desde el mismo momento en que es arrestado por las fuerzas aliadas. Se rinde ante el general enemigo, le entrega una daga en señal de rendición, y posa en una foto que recorrerá gran parte del mundo, sonriente, como si se tratase de cualquier acto protocolar de jefes de estados. A lo largo del juicio justifica sus acciones. Desconoce la autoridad del Tribunal Militar que le juzga, manipula al joven soldado estadounidense que le sirve de celador, y lo lleva a un nivel de empatía que este le entrega una píldora de cianuro, la cual tomó poco antes de la hora en que debía ser llevado al patíbulo, a cumplir la sentencia a morir por ahorcamiento. Con esto, a pesar del juicio, se escapaba a la justicia, no permitiría que su vida fuera tomada por las manos que lo habían juzgado. Murió convencido de que algún día Alemania lo reconocería como un héroe, un patriota.

El juicio muestra con claridad cómo el uso de la propaganda y la ideología nazi caló en todos los estamentos de la sociedad alemana. Figuras como Rudolf Hess, Otto Skorzeny, Karl Doenitz, Wilhelm Keitel, Hanna Reitsch, Julius Streicher, entre muchos otros, eran personas con un altísimo nivel intelectual y profesional, sin embargo, asumieron el nazismo y el antisemitismo de la manera más enfermiza, llegando a encabezar una guerra de exterminio, con unos niveles insospechados de convencimiento y fanatismo que los hizo no reconocer jamás sus crímenes, mucho menos, pedir perdón.


El discurso de odio elaborado por Hitler y sus asesores, especialmente su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, fue estructurado para aprovechar las circunstancias de país perdedor de la Primera Guerra Mundial, la desesperanza y el abatimiento de la sociedad alemana. Halló espacio para anidar. Y en poco tiempo la sociedad consumía y aceptaba no solo a Hitler como líder, sino a sus postulados como única solución a la crisis en que estaba viviendo Alemania en esa coyuntura. Las necesidades de la gente, las aspiraciones, la nostalgia del esplendor ya ido, la promesa de grandeza y conquista, y el elemento racial y xenófobo que identificaba a la comunidad judía como responsables de la decadencia alemana, sirvieron de almohada a los mensajes colocados por Hitler y su maquinaria, lo cual creó la condiciones para que los perpetradores del horror y exterminio de millones de personas, lo hicieran sin ningún tipo de arrepentimiento ni empatía por el dolor ajeno.

Precisamente es esa característica de los juzgados que mueven a los aliados a decidir hacer un gran juicio, mitad legal, mitad espectáculo mediático, para que el mensaje clave quedara bien estampado en la opinión pública mundial y la siquis de la generación de entonces y las venideras.

El juicio concluye con algunas sorpresas, pues del grupo de los 22 acusados por el Holocausto solo doce fueron penas capitales (una in absentia), tres cadenas perpetuas, dos condenas a 20 años de prisión, una a 15 y otra a diez. Tres fueron absueltos y uno fue considerado incapaz de soportar el proceso. Las sentencias y algunas otras consideraciones, fueron vistas por muchos como gestos de misericordia, mientras otros lo consideraron como actos de complacencia.

En el filme, como en los medios de comunicación de la época, hay imágenes para no olvidar. La sala del Palacio de Justicia de Núremberg, restaurada y readecuada para llevar a cabo el juicio; el rostro burlón, arrogante e infame de Göring durante el proceso, y su teatral suicidio, planificado como una operación militar; la escena en que Robert H. Jackson (Alec Baldwin), el fiscal, llega a la improvisada oficina, se hecha a la cama, aún a medio vestir, y minutos después está profundamente dormido, a pesar de la conversación que ya llevaba con su secretaria y amante; la construcción del patíbulo con sus tres horcas, y las órdenes para llevar a cabo la ejecución, uno a uno, de los condenados.

Es muy reveladora la imagen de la película que se proyecta en la sala de audiencia en los que se muestra el horror de los crímenes cometidos por los nazis en los diferentes campos de concentración, y la supuesta sorpresa de los imputados, que intentan hacer creer que aquello era algo de lo que nunca habían tenido noticias, mucho menos ordenado por ellos mismos. Al finalizar la proyección, Göring diría: “Era un día muy agradable. Reíamos, bromeábamos. Luego han pasado esa horrible película. Propaganda. Cualquiera puede hacerlo. Un poco de aquí, un poco de allá, y antes de que uno se dé cuenta… da igual”.

Otra parte muy impactante es el canto de “Noche de paz”, por parte de los prisioneros y los carceleros, porque para la mayoría de los imputados sería su última Navidad, y por otro lado, ambos identificaban el sentido de la Navidad de la misma manera, a pesar del desprecio a la vida común en los nazis.

Hans Michael Frank, jefe de la Alemania nazi en Polonia, intentó escapar a la horca aduciendo que siempre estuvo en contra del genocidio llevado a cabo por las fuerzas nazis de ocupación. Entrega un diario y anotaciones que pretende prueben su posición respecto a las aberraciones que él mismo cometía. El celador le inquiere acerca de la motivación que lo llevó a actuar de esa manera tan vil, genocida. “Es como si fueran dos personas. El Hans Frank que usted ve aquí y el Hans Frank líder nazi. Me pregunto cómo el otro Frank pudo hacer esas cosas. Este Frank mira al otro Frank y le dice: eres un hombre terrible. Y él me responde: no quería perder mi puesto”. Fue condenado y ejecutado en la horca.

Los juicios de Núremberg, parte show mediático, parte justicia, definitivamente se erigió en el colofón de una guerra que debía servir para que la humanidad renunciara al uso de la fuerza, del odio y la xenofobia como modos de lidiar con la diferencia. Penosamente, las guerras siguientes no han sido menos aberrantes que aquel vergonzoso episodio de nuestra historia reciente.

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