Sálvese quien pueda en el PLD

En el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) se ha desatado una carrera de supervivencia política y jurídica que ha colocado el interés personal en la cúspide de las decisiones que adoptan sus miembros.

Se observa un cambio radical en su plataforma doctrinaria, particularmente en el principio de que los intereses colectivos deben estar por encima de los individuales, consagrado en su lema: “servir al partido para servir al pueblo”.

Desde su fundación en 1973, el profesor Juan Bosch concibió una organización distinta, orientada a corregir los vicios que arrastraba el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), marcado por crisis recurrentes derivadas de las aspiraciones individuales. Bosch estableció como eje central que el partido debía estar por encima de las ambiciones, conveniencias o proyectos particulares de sus dirigentes y militantes.

Para darle fuerza y coherencia a esa visión —colocar al partido en una dirección irrenunciable, sustentada en principios superiores— se establecieron criterios claros.

Primero, la organización debía concebirse como un cuerpo colectivo, regido por la disciplina, la unidad y un propósito común. En esa lógica, los miembros no deberían actuar según impulsos personales, rivalidades internas o cálculos particulares, sino subordinados a la línea, los objetivos y las decisiones del partido.

Segundo, esa visión procuraba preservar la cohesión interna. En partidos de estructura fuerte, como históricamente fue el PLD, esta noción permitía evitar el fraccionamiento, contener el personalismo y proyectar una imagen de organización compacta. La disciplina partidaria era presentada como una virtud política.

Tercero, la supremacía del interés colectivo tenía una raíz doctrinaria profundamente ligada a la tradición boschista: la idea de que el partido no debía ser un simple vehículo electoral, sino una herramienta de dirección política, con normas, formación y sentido de misión. Desde esa perspectiva, el dirigente no se pertenece del todo a sí mismo, sino que está comprometido con un proyecto superior.

Sin embargo, hoy somos testigos de cómo esos preceptos se desvanecen. Las continuas renuncias, el lanzamiento anticipado de proyectos presidenciales sustentados en cálculos particulares, las negociaciones con el gobierno del Partido Revolucionario Moderno (PRM) y las migraciones hacia la Fuerza del Pueblo colocan al PLD en un laberinto de “sálvese quien pueda”.

En esta coyuntura, los proyectos presidenciales dentro del PLD se perfilan más como salidas personales que como propuestas colectivas. Han surgido incluso acusaciones desde el propio partido, señalando a Gonzalo Castillo y Abel Martínez de tener supuestos acuerdos ocultos con el gobierno y el PRM.

Asimismo, los adversarios internos de Francisco Javier lo acusan de mantener un pacto secreto con Leonel Fernández. Estas descalificaciones recíprocas no son más que una manifestación evidente de la pérdida de cohesión partidaria.

Indiscutiblemente, el PLD atraviesa uno de los momentos más críticos de su historia. La caída en las preferencias electorales, sumada al abandono de su doctrina fundacional, lo coloca al borde de un proceso de descomposición que trasciende a la propia organización.

Si el PLD no logra reencontrarse con su esencia, el daño no será únicamente interno: terminará impactando la estabilidad y el equilibrio del sistema de partidos en la República Dominicana.

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